miércoles, 3 de diciembre de 2014

La estructura productiva en America Latina y las politicas publicas


En los últimos 50 años, Latinoamérica no ha sido capaz de converger en términos de bienestar con los países más desarrollados. Aunque en relación con 1960 la renta per capita de Latinoamérica en dólares constantes se ha multiplicado por 4,5, respecto al ciudadano estadounidense la brecha de bienestar es hoy un 8% mayor que la que padecían sus padres o abuelos. Mientras, los emergentes asiáticos hacían de las últimas décadas la plataforma para su despegue al desarrollo. Singapur, que en 1960 tenía una renta per capita equivalente a la que tenía Ecuador, ya ha convergido con la de EE UU. Corea, en los sesenta igual de próspero que Brasil, hoy tiene un 66% de la renta norteamericana y ha sobrepasado el nivel de vida del ciudadano español. China, con una renta inferior a la vigésima parte de la americana, ha llegado a los 10.000 dólares en dos décadas.

Como muchos otros, en el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) llevamos años tratando de identificar las razones del decepcionante comportamiento diferencial de la región. Como ocurre con los problemas complejos, no hay una explicación única. A lo largo de los años hemos ido construyendo una agenda de investigación que, huyendo de los prejuicios, se apoya sobre la mejor evidencia empírica y marcos analíticos rigurosos que mejoran nuestra comprensión del problema y, con ella, nuestra capacidad para contribuir eficazmente al diálogo de política económica.

Durante muchos años fue obvio que el mayor enemigo de la convergencia de renta del continente era su inestabilidad macroeconómica. La sucesión de crisis financieras, fiscales, cambiarias e hiperinflaciones era la seña de identidad macroeconómica de la región. Aquello acabó hace tiempo, cuando buena parte de los países de la región demostraron haber aprendido las lecciones de aquellas crisis, creando instituciones y políticas que mejoraron los fundamentos macro de la región. Sin embargo, recobrar —y mantener— la estabilidad macroeconómica fue condición necesaria pero no suficiente para la convergencia real.

Cuando la evidencia se impuso, el foco se desplazó hacia el potencial productivo. También era un dato que Latinoamérica contaba con menos capital físico y humano que los países desarrollados. Menos máquinas, menos años de escolarización. Esta explicación aunque correcta, era parcial: a lo largo de estos últimos 50 años la región ha acumulado capital físico, creado empleo y mejorado su capital humano a mayor velocidad que EE UU. Si la convergencia sólo dependiera de la acumulación de factores, el ciudadano de Latinoamérica habría cerrado en más de un 25% su brecha de bienestar con el vecino americano. Pero ocurrió todo lo contrario. La inferencia por tanto debe ser que el principal problema es la eficiencia con la que se combinan los factores de producción; lo que los economistas llamamos productividad total de los factores. En ese campo, los logros de la región eran más que decepcionantes: mientras que Asia redujo a dos tercios su brecha de productividad relativa frente a EE UU, Latinoamérica la duplicó, convirtiendo la convergencia de la acumulación de factores en divergencia neta de bienestar.

Hay que debatir la mejora de la productividad y buscar la colaboración del Estado y el sector privado

Los niveles de desigualdad, la informalidad del mercado de trabajo —algo más de la mitad de los latinoamericanos empleados trabajan en la economía informal—, el tamaño de las empresas, las deficiencias de salud y educación, la falta de infraestructuras, la seguridad ciudadana, la debilidad institucional, la corrupción son, entre otros, factores relevantes que coadyuvan para que el continente no crezca más. Sobre cada uno hay muchos estudios que nos han enseñado la naturaleza del problema e informado de algunas propuestas de reformas estructurales para corregirlos.

Una perspectiva complementaria de la anterior es preguntarse por qué el papel que las políticas activas de desarrollo productivo tuvieron en Asia no fue emulado en Latinoamérica. Una posible razón es que el continente tuvo en el pasado reciente malas experiencias con ellas. Las políticas industriales fueron parte nuclear de las estrategias de desarrollo de muchas economías del continente, si bien su diseño respondía más bien al objetivo de proteger el mercado interno y acelerar la industrialización, y no al de perseguir el aumento de la competitividad internacional. En gran medida no funcionaron. Con frecuencia se convirtieron en fuente de inestabilidad macroeconómica, origen de malas asignaciones de recursos, de corrupción y de captura del Estado por parte de los buscadores de rentas. Por todo ello se ganaron a pulso que la frase de “la mejor política industrial es la que no existe” ocupe todavía hoy un lugar destacado en el imaginario de la región.

En Asia, las políticas de desarrollo productivo fueron diseñadas para impulsar la productividad en un entorno de economías abiertas. Tenían instrumentos claramente definidos ligados a objetivos de exportación y criterios cuantificados, y prestaban una atención especial a los incentivos microeconómicos y a la colaboración entre el sector público y privado. Y esas políticas activas de desarrollo funcionaron.

Se trata de propiciar la adopción de políticas activas con objetivos claros y resultados medibles

El principal mensaje del informe del año 2014 del BID (¿Cómo repensar el desarrollo productivo? Políticas e instituciones sólidas para la transformación económica), es simple: creemos que la región debe pasar página e ir más allá de la pasividad de las políticas de desarrollo auspiciada por el Consenso de Washington. Con el crecimiento mundial en desaceleración y un entorno externo menos favorable para Latinoamérica, es un imperativo impostergable.

No es una vuelta al pasado. Tampoco un recetario de políticas o de mejores prácticas para aplicar sin tener en cuenta las necesidades y singularidades de cada economía. Lo que se propone es situar en el centro del debate económico la mejora de la productividad para, sin apriorismos y con evidencia sólida y contrastada, encontrar los espacios de colaboración del Estado y el sector privado que propicien la adopción de políticas activas con objetivos claros y resultados medibles. Para ello es necesario que su diseño, gestión y evaluación esté encomendada a instituciones transparentes y con capacidad de defenderse de la captura por parte de los buscadores de renta.

No es fácil, pero tampoco imposible. En la región hay prácticas —más de las que se piensa— que han sobrevivido a la demonización de las políticas industriales y siguen conspirando contra el bienestar general. Pero también hay una nueva generación de políticas que funcionan.

En vez de renunciar ciegamente a ser proactivos, lo que se necesita es un marco conceptual que discierna entre buenas y malas políticas. Para ello proponemos una terna de pruebas. Primera: para evitar las ocurrencias y las improvisaciones, antes de anunciar una política pública hay que identificar con precisión qué falla de mercado se pretende solucionar; no siempre se ha hecho, y las consecuencias han sido políticas brumosas sin justificación que no pueden ser evaluadas ni juzgadas por sus méritos. Segunda: a la luz del problema que se pretende solucionar, cuál es el instrumento más apropiado como solución; no todo vale, no se trata de disponer subsidios o desgravaciones fiscales a troche y moche sino de usar instrumentos idóneos para atender la falla de mercado con precisión. Finalmente, la tercera prueba es la verificación de que existen las capacidades institucionales para adoptar la política con éxito: identificar la institución en condiciones de encargarse de ponerla en práctica, gestionar sus recursos, medir sus resultados y garantizar que es capaz de preservar su autonomía frente a los grupos de intereses que potencialmente pretendan capturarla.

Se trata de hacer políticas públicas de desarrollo productivo con objetivos e instrumentos claramente validados y con resultados evaluables, gestionadas por instituciones transparentes y autónomas. Aunque parezca simple, no lo es. Gastar mejor para crecer más es una idea deslumbrante en su sencillez conceptual, aunque también en su dificultad en la práctica. Pero ya está germinando y creciendo en la región. Y conviene que lo sepan, porque este enfoque puede servirles para los retos de crecimiento que España tiene y que, al fin y al cabo, también se resumen en el bajo crecimiento de la productividad de los factores y su dual mercado de trabajo.

José Juan Ruiz es economista jefe del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Eduardo Fernández-Arias y Ernesto Stein son economistas del departamento de Investigación del BID. Acaban de publicar ¿Cómo repensar el desarrollo productivo?, que se puede descargar en http://publications.iadb.org/

La innovacion en America Latina


El gasto en innovación y desarrollo (I+D) en América Latina ha crecido en los últimos años, pero aún sigue lejos del de las regiones más punteras. La inversión latinoamericana en I+D llegó al 0,78% del PIB en 2011, el último año con datos disponibles recopilados por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). La tasa es superior al 0,48% y al 0,57% que se registraba en 1990 y 2000 respectivamente, según la base de datos de la organización con sede en Washington. Pero sigue a mucha distancia del 2,8% de Estados Unidos y de los niveles de los líderes mundiales, como Corea del Sur (3,7%), Finlandia (3,9%) o Israel (4,3%).

“Hay un enorme déficit de innovación en América Latina”, admite el presidente del BID, Luis Alberto Moreno, en una entrevista con motivo de las jornadas sobre innovación que celebró este martes el banco en la capital de Estados Unidos y que buscan precisamente revertir ese vacío. Tras una selección previa, 16 jóvenes emprendedores latinoamericanos presentaron sus proyectos de innovación ante un foro con inversores privados, y representantes del BID y otros organismos. El objetivo es dar a conocer los proyectos y establecer sinergias que puedan llevar a apoyos económicos.

La inversión latinoamericana en I+D ha pasado en dos décadas del 0,48% del PIB al 0,78%, pero sigue lejos del 2,8% de EE UU o del 3,9% de Finlandia

El contexto actual invita a ello. El colombiano Moreno -que lleva en el cargo desde 2005- cree que la innovación puede ayudar a amortiguar la desaceleración económica que acecha a América Latina. “No hay duda de que los vientos cambiaron, tuvimos vientos a favor con un consumo muy importante de China, buenos precios y tasas de interés bajas. Todo esto está cambiando y eso significa que tenemos que hacer mayores esfuerzos internos, tenemos que remar más por cuenta propia y allí la innovación es una de las maneras de remar mejor”, señala.

Pero al mismo tiempo, el presidente del BID pide ensalzar los avances logrados. “Es verdad que tenemos esos déficits, pero también es cierto que cuando veo a los jóvenes que hemos escogido, una de las cosas que nos falta es celebrar justamente los éxitos de los innovadores de la misma manera que se celebran en otras partes del mundo”, afirma Moreno, que antes de entrar al BID fue embajador de Colombia en EE UU. Y recurre a una analogía futbolística: “Nosotros en América Latina celebramos a los grandes futbolistas. Está muy bien y nos sentimos muy contentos por ejemplo los colombianos por tener un James Rodríguez en el Real Madrid. Pero yo me pregunto dónde está el James Rodríguez de la biotecnología”.

Como ejemplo del progreso en los últimos años, Moreno menciona el impacto que ha tenido la aplicación de técnicas de I+D en la producción agrícola en Brasil y Argentina. Son los dos países que lideran la inversión en innovación en la región. El gasto en I+D en Brasil representó el 1,21% del PIB en 2011, seguido a distancia por Argentina (0,65%), Costa Rica (0,48%), México (0,46%), Chile (0,45%) y Uruguay (0,43%), según los últimos datos disponibles recopilados por el BID.

Nos sentimos muy contentos  los colombianos por tener un James Rodríguez en el Real Madrid. Pero yo me pregunto dónde está el James Rodríguez de la biotecnología"

Moreno cree que en América Latina la innovación puede servir para paliar desigualdades sociales y ocupar los vacíos que pueden generar la falta de servicios públicos. El objetivo son “aplicaciones que pueden ser propias a nuestros problemas”. Como ejemplo, apunta, son muy distintas las necesidades de las clases medias latinoamericanas de las estadounidenses, que “son familias que tienen dos coches y una piscina en casa”.

Algunos de los proyectos seleccionados en las jornadas avanzan en esa dirección. Por ejemplo, un joven brasileño ha creado una empresa que utiliza tecnologías móviles para ofrecer atención sanitaria a comunidades con escaso acceso a la asistencia pública. La plataforma identifica, por medio de una serie de exámenes, el riesgo que tiene una persona de padecer enfermedades graves. Un colombiano ha impulsado un sistema de tratamiento de aguas, que genera un ahorro del 70%. Mientras, un chileno ha ideado un sistema de evaluación oftalmológica que reduce costes y tiempo de espera. “Nuestro espacio vital es construir soluciones de tecnología a nuestras propias necesidades”, remarca Moreno.

El presidente del BID sostiene que la innovación es un “ecosistema” con tres patas: educación, financiación y acceso a redes de emprendedores. “En la medida en que todo ese ecosistema funcione, los emprendedores tienen más capacidad de sobresalir”, apunta. Y subraya que el apoyo público es un factor importante, pero que también hay intangibles: “Entender que el fracaso es uno de los instrumentos mediante el cual se aprende para innovar mejor. Es algo que culturalmente nos falta”.
http://internacional.elpais.com/internacional/2014/12/03/actualidad/1417562044_908650.html

lunes, 24 de noviembre de 2014

Germany´s position in Europe´s Crisis

BERLIN – Germany’s stance toward Europe has become one of rejection and disengagement. Its policymakers deny the eurozone’s crisis-ridden countries a more active fiscal policy; refuse to support a European investment agenda to generate demand and growth; have declared a fiscal surplus, rather than faster potential growth, as their primary domestic goal; and have begun turning against the European Central Bank (ECB) in the struggle against deflation and a credit crunch. On all four counts, Germany is wrong.
To be sure, Germany is justified in rejecting narrow-minded calls by France and Italy for unconditional fiscal expansion. After all, fiscal stimulus can work only if it supports private investment and is accompanied by much more ambitious structural reforms – the kind of reforms that France and Italy are currently resisting.
But Germany has all of the leverage it needs to implement the stability-oriented reforms that it wants for Europe. For starters, Germany, together with the European Commission, can compel France to pursue deeper reforms in exchange for more time to consolidate its deficit.
Germany cannot, however, indulge its obsession with supply-side reforms without also pursuing growth-enhancing policies. As Germany knows from its own experience in the early 2000s, the benefits of supply-side reforms – namely, improved competitiveness and higher long-term growth rates – take a long time to emerge.
Time is a luxury that Europe does not have. With every month that the economy loses productive capacity, the likelihood of stagnation and deflation rises.
The key to ending the European crisis is a stimulus plan that addresses deficiencies on both the supply and demand sides. That is why Germany’s refusal to help find a way to finance the proposed European investment agenda – which, for a limited time, would fund productive private investment – is a mistake.
Equally problematic is Germany’s focus on maintaining a fiscal surplus. With projections for German GDP growth this year and next revised downward by more than 0.6 percentage points in the last few months, the government could be forced to initiate a pro-cyclical fiscal policy to achieve its goal, inducing even lower growth at home and throughout the eurozone.
Given that the German economy’s output gap remains negative, the government should be implementing expansionary fiscal policy that targets the country’s infrastructure weaknesses. In this sense, Finance Minister Wolfgang Schäuble’s plan to spend an additional €10 billion ($12.5 billion) on public investment in 2016-2018 is a step in the right direction. But, at just 0.1% of Germany’s annual GDP, Schäuble’s scheme looks more like an attempt to quiet criticism from the rest of Europe than a genuine policy shift.
Germany’s fourth policy mistake is its apparent withdrawal of support for the ECB. Over the last seven years, the ECB’s actions have helped Germany’s economy and taxpayers as much as those of its neighbors. Moreover, the claim that the ECB’s purchases of asset-backed securities amount to “toxic loans” that transfer risk to German taxpayers is unfounded; after all, there have been almost no defaults since 2008.
Germany’s leaders need to recognize this – and to defend the ECB publicly from baseless fear mongering. Failure to do so may reflect an effort to forestall the rise of the far-right anti-European political forces, particularly the Alternative for Germany. But this strategy merely plays into the party’s hands.
If Germany refuses to take a more reasoned approach, it risks undermining the ECB’s credibility, thereby reducing the effectiveness of its measures. If that happens, the ECB may well be compelled to initiate large-scale purchases of eurozone government bonds through its so-called “outright monetary transactions” scheme – a plan that many German policymakers and economists staunchly oppose.
The German government can use its considerable leverage to compel France and Italy to pursue the structural reforms that both countries need, while allowing a growth-friendly demand stimulus to lift the threat of deflation hanging over the eurozone. And it has the authority to bolster the ECB’s credibility and thus its efforts to ensure future price stability and prevent financial contagion.
Europe needs a grand bargain, involving close coordination on structural reforms and fiscal and monetary policy. Germany’s relative economic and political stability, far from enabling it to disengage from such efforts, makes it among the most important protagonists in their development and implementation. The question is whether Germany’s leaders will recognize this before Europe’s economy falls into an even deeper slump.

Read more at http://www.project-syndicate.org/commentary/germany-wrong-on-european-policy-by-marcel-fratzscher-2014-11#jgzfx3ZlLVGRL7Ot.99

Dollar recovery and international economy

 

 

The Return of the Dollar

 
LAGUNA BEACH – The US dollar is on the move. In the last four months alone, it has soared by more than 7% compared with a basket of more than a dozen global currencies, and by even more against the euro and the Japanese yen. This dollar rally, the result of genuine economic progress and divergent policy developments, could contribute to the “rebalancing” that has long eluded the world economy. But that outcome is far from guaranteed, especially given the related risks of financial instability.
Two major factors are currently working in the dollar’s favor, particularly compared to the euro and the yen. First, the United States is consistently outperforming Europe and Japan in terms of economic growth and dynamism – and will likely continue to do so – owing not only to its economic flexibility and entrepreneurial energy, but also to its more decisive policy action since the start of the global financial crisis.
Second, after a period of alignment, the monetary policies of these three large and systemically important economies are diverging, taking the world economy from a multi-speed trajectory to a multi-track one. Indeed, whereas the US Federal Reserve terminated its large-scale securities purchases, known as “quantitative easing” (QE), last month, the Bank of Japan and the European Central Bank recently announced the expansion of their monetary-stimulus programs. In fact, ECB President Mario Draghi signaled a willingness to expand his institution’s balance sheet by a massive €1 trillion ($1.25 trillion).
With higher US market interest rates attracting additional capital inflows and pushing the dollar even higher, the currency’s revaluation would appear to be just what the doctor ordered when it comes to catalyzing a long-awaited global rebalancing – one that promotes stronger growth and mitigates deflation risk in Europe and Japan. Specifically, an appreciating dollar improves the price competitiveness of European and Japanese companies in the US and other markets, while moderating some of the structural deflationary pressure in the lagging economies by causing import prices to rise.
Yet the benefits of the dollar’s rally are far from guaranteed, for both economic and financial reasons. While the US economy is more resilient and agile than its developed counterparts, it is not yet robust enough to be able to adjust smoothly to a significant shift in external demand to other countries. There is also the risk that, given the role of the ECB and the Bank of Japan in shaping their currencies’ performance, such a shift could be characterized as a “currency war” in the US Congress, prompting a retaliatory policy response.
Furthermore, sudden large currency moves tend to translate into financial-market instability. To be sure, this risk was more acute when a larger number of emerging-economy currencies were pegged to the US dollar, which meant that a significant shift in the dollar’s value would weaken other countries’ balance-of-payments position and erode their international reserves, thereby undermining their creditworthiness. Today, many of these countries have adopted more flexible exchange-rate regimes, and quite a few retain adequate reserve holdings.

Read more at http://www.project-syndicate.org/commentary/us-dollar-rally-global-rebalancing-by-mohamed-a--el-erian-2014-11#HqSSFoZf34MDxeBf.99

lunes, 27 de octubre de 2014

Crecimiento economico vs bienestar social


Dos nuevos estudios muestran, una vez más, la magnitud del problema de la desigualdad que azota a Estados Unidos. El primero, el informe anual sobre ingresos y pobreza, emitido por la Oficina del Censo de Estados Unidos, muestra que, a pesar de la supuesta recuperación de la economía desde la Gran Recesión, los ingresos de los estadounidenses comunes continúan estancados. El ingreso promedio de los hogares, ajustado a la inflación, se mantiene por debajo del nivel de hace un cuarto de siglo.

Antes se pensaba que la mayor fortaleza de Estados Unidos no era su poder militar, sino un sistema económico que era la envidia del mundo. Sin embargo, ¿por qué otros buscarían emular un modelo económico mediante el cual una gran parte —incluso una mayoría— de la población ha visto que sus ingresos se estancan mientras que los ingresos de los ubicados en la parte superior de la distribución de ingresos se disparan al alza?

Un segundo estudio, el Informe sobre Desarrollo Humano 2014 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, corrobora estos hallazgos. Cada año, el PNUD publica una clasificación de países según su índice de desarrollo humano (IDH), el cual incorpora otras dimensiones del bienestar además del ingreso, que incluyen las relacionadas a la salud y educación.

EE UU, según el IDH, ocupa el quinto lugar en el mundo y se encuentra por debajo de Noruega, Australia, Suiza y los Países Bajos. No obstante, cuando su puntuación se ajusta por el factor desigualdad, esta cae 23 puntos —uno los más grandes descensos de ese tipo entre los países altamente desarrollado. De hecho, EE UU cae por debajo de Grecia y Eslovaquia, países que las personas normalmente no consideran como modelos a seguir o como competidores de EE UU en la disputa por los primeros puestos en las tablas de clasificación.

La movilidad descendente es una amenaza real, mientras que la movilidad ascendente es limitada

El informe del PNUD hace hincapié en otro aspecto del desempeño social: la vulnerabilidad. Señala que, si bien muchos países lograron sacar a las personas de la pobreza, la vida de muchas de esas personas continúa siendo precaria. Una pequeña vicisitud —por ejemplo, una enfermedad en la familia— puede empujarlas nuevamente a la indigencia. La movilidad descendente es una amenaza real, mientras que la movilidad ascendente es limitada.

En Estados Unidos la movilidad ascendente es más un mito que una realidad, mientras que la movilidad descendente y la vulnerabilidad es una experiencia ampliamente compartida. Esto se debe, en parte, al sistema de atención de salud de Estados Unidos, el cual continúa dejando a los estadounidenses pobres en una situación precaria, a pesar de las reformas del presidente Barack Obama.

Aquellos en la parte inferior se encuentran sólo a pocos pasos de la quiebra, enfrentando todo lo que esto implica. Con frecuencia, es suficiente que sufran una enfermedad, divorcio o pérdida del empleo para que se vean empujados al abismo.

La Ley de Protección al Paciente y Cuidado de Salud Asequible de 2010 (también llamada Obamacare) tenía la intención de desahogar estas amenazas —y hay fuertes indicios que señalan que esta ley sí se encuentra de camino a reducir significativamente el número de estadounidenses sin seguro médico. Sin embargo, y en parte debido a un fallo de la Corte Suprema y a la obstinación de los gobernadores y legisladores republicanos, que en dos docenas de Estados de EE UU se han negado a ampliar Medicaid (seguro para los pobres) —a pesar de que el Gobierno federal paga casi la totalidad de la factura— 41 millones de estadounidenses permanecen sin seguro de enfermedad. Cuando la desigualdad económica se traduce en desigualdad política —tal como ha sucedido en muchas regiones de EE UU—, los gobiernos prestan poca atención a las necesidades de aquellos en los estratos inferiores.

Ni el producto interior bruto (PIB) ni el IDH reflejan cambios en el transcurso del tiempo o las diferencias entre países en cuanto a la vulnerabilidad. No obstante, en Estados Unidos y en otros lugares se ha mostrado una marcada disminución de la seguridad del empleo. Aquellos con un trabajo se preocupan sobre si van a ser capaces de mantenerlos, mientras que los desempleados se preocupan sobre si van a conseguir trabajar .

La reciente crisis económica aniquiló la riqueza de mucha gente. En EE UU, incluso después de la recuperación del mercado de valores, la mediana de la riqueza cayó más del 40% desde el año 2007 al 2013. Eso significa que muchas de las personas mayores y aquellas que se acercan a la jubilación se preocupan sobre sus niveles de vida. Millones de estadounidenses han perdido sus viviendas y millones de personas más se enfrentan a la inseguridad de saber que pueden perder las suyas en el futuro.

Tradicionalmente, Europa ha entendido la importancia de abordar la vulnerabilidad, pero la austeridad ha hecho crecer de una manera sin precedentes

Estas inseguridades se suman a las que durante mucho tiempo han enfrentado los estadounidenses. En las zonas urbanas centrales marginadas del país miles de jóvenes hispanos y afroamericanos se enfrentan a la inseguridad de una policía y un sistema judicial que son disfuncionales e injustos; cruzarse en el camino de un oficial de policía que tuvo una mala noche puede llevar a una pena de prisión injustificada, o incluso a peores situaciones.

Tradicionalmente, Europa ha entendido la importancia de abordar la vulnerabilidad mediante el suministro de un sistema de protección social. Los europeos han reconocido que un buen sistema de protección social puede incluso conducir a un mejor desempeño económico en general, debido a que los individuos están más dispuestos a asumir riesgos que conducen a un mayor crecimiento económico.

No obstante, en muchas partes de Europa, en la actualidad, la alta tasa de paro (12% en promedio, y del 25% en los países más afectados), junto con los recortes en la protección social que fueron inducidos por la austeridad, se han traducido en un aumento sin precedentes en la vulnerabilidad. Esto implica que la caída del bienestar de la sociedad puede ser mucho mayor a la disminución que muestran la medición convencional del PIB —cifras que por sí solas ya son bastante sombrías, debido a que la mayoría de los países publican ingresos reales per cápita (ajustados a la inflación) que son menores en la actualidad que aquellos que mostraban antes de la crisis—. Es decir, que se ha perdido un lustro.
El informe emitido por la Comisión Internacional para la Medición del Desempeño Económico y el Progreso Social (que presidí) hizo hincapié en que el PIB no es una buena medida para mostrar cuán bien se desempeña la economía. Los informes del Censo de EE UU y del PNUD nos recuerdan la importancia de esta percepción. Ya se ha sacrificado demasiado en el altar del fetichismo del PIB.
Independientemente de cuán rápido crece el PIB, un sistema económico que no puede brindar ganancias a la mayoría de sus ciudadanos y en el cual una proporción creciente de la población se enfrenta a una inseguridad cada vez mayor es, fundamentalmente, un sistema económico fracasado. Y algunas las políticas, como las de la austeridad, que aumentan la inseguridad y conducen a ingresos y nivel de vida menores a grandes segmentos de la población son, fundamentalmente, políticas erróneas.

 

Joseph E. Stiglitz es premio Nobel de Economía y profesor en la Universidad de Columbia.

Su libro más reciente, en coautoría con Bruce Greenwald, es Creating a Learning Society: A New Approach to Growth, Development, and Social Progress.

 

© Project Syndicate, 2014.

 

Traducido del inglés por Rocío L. Barrientos.

viernes, 17 de octubre de 2014

Inequality: theory and practice

 article on inequality....


LAGUNA BEACH – There were quite a few disconnects at the recently concluded Annual Meetings of the International Monetary Fund and World Bank. Among the most striking was the disparity between participants’ interest in discussions of inequality and the ongoing lack of a formal action plan for governments to address it. This represents a profound failure of policy imagination – one that must urgently be addressed.
There is good reason for the spike in interest. While inequality has decreased across countries, it has increased within them, in the advanced and developing worlds alike. The process has been driven by a combination of secular and structural issues – including the changing nature of technological advancement, the rise of “winner-take-all” investment characteristics, and political systems favoring the wealthy – and has been turbocharged by cyclical forces.
In the developed world, the problem is rooted in unprecedented political polarization, which has impeded comprehensive responses and placed an excessive policy burden on central banks. Though monetary authorities enjoy more political autonomy than other policymaking bodies, they lack the needed tools to address effectively the challenges that their countries face.
In normal times, fiscal policy would support monetary policy, including by playing a redistributive role. But these are not normal times. With political gridlock blocking an appropriate fiscal response – after 2008, the United States Congress did not pass an annual budget, a basic component of responsible economic governance, for five years – central banks have been forced to bolster economies artificially. To do so, they have relied on near-zero interest rates and unconventional measures like quantitative easing to stimulate growth and job creation.
Beyond being incomplete, this approach implicitly favors the wealthy, who hold a disproportionately large share of financial assets. Meanwhile, companies have become increasingly aggressive in their efforts to reduce their tax bills, including through so-called inversions, by which they move their headquarters to lower-tax jurisdictions.
As a result, most countries face a trio of inequalities – of income, wealth, and opportunity – which, left unchecked, reinforce one another, with far-reaching consequences. Indeed, beyond this trio’s moral, social, and political implications lies a serious economic concern: instead of creating incentives for hard work and innovation, inequality begins to undermine economic dynamism, investment, employment, and prosperity.
Given that affluent households spend a smaller share of their incomes and wealth, greater inequality translates into lower overall consumption, thereby hindering the recovery of economies already burdened by inadequate aggregate demand. Today’s high levels of inequality also impede the structural reforms needed to boost productivity, while undermining efforts to address residual pockets of excessive indebtedness.
This is a dangerous combination that erodes social cohesion, political effectiveness, current GDP growth, and future economic potential. That is why it is so disappointing that, despite heightened awareness of inequality, the IMF/World Bank meetings – a gathering of thousands of policymakers, private-sector participants, and journalists, which included seminars on inequality in advanced countries and developing regions alike – failed to make a consequential impact on the policy agenda.
Policymakers seem convinced that the time is not right for a meaningful initiative to address inequality of income, wealth, and opportunity. But waiting will only make the problem more difficult to resolve.
In fact, a number of steps can and should be taken to stem the rise in inequality. In the US, for example, sustained political determination would help to close massive loopholes in estate planning and inheritance, as well as in household and corporate taxation, that disproportionately benefit the wealthy.
Likewise, there is scope for removing the antiquated practice of taxing hedge and private-equity funds’ “carried interest” at a preferential rate. The way home ownership is taxed and subsidized could be reformed more significantly, especially at the top price levels. And a strong case has been made for raising the minimum wage.
To be sure, such measures will make only a dent in inequality, albeit an important and visible one. In order to deepen their impact, a more comprehensive macroeconomic policy stance is needed, with the explicit goal of reinvigorating and redesigning structural-reform efforts, boosting aggregate demand, and eliminating debt overhangs. Such an approach would reduce the enormous policy burden currently borne by central banks.
It is time for heightened global attention to inequality to translate into concerted action. Some initiatives would tackle inequality directly; others would defuse some of the forces that drive it. Together, they would go a long way toward mitigating a serious impediment to the economic and social wellbeing of current and future generations.

Read more at http://www.project-syndicate.org/commentary/imf-world-bank-annual-meetings-and-inequality-by-mohamed-a--el-erian-2014-10#BZkarHF2oS5dlCi0.99

sábado, 11 de octubre de 2014

Where economic policy is taken Europe?

Unfortunately, Krugman´s analysis continue to be right based in the evidence of Europe economic performance.......

Anyone who works in international monetary economics is familiar with Dornbusch’s Law:
The crisis takes a much longer time coming than you think, and then it happens much faster than you would have thought.
And so it is with the latest euro crisis. Not that long ago the austerians who had dictated macro policy in the euro area were strutting around, proclaiming victory on the basis of a modest uptick in growth. Then inflation plunged and the eurozone economy began to sputter — and perhaps more important, everyone looked at the fundamentals again and realized that the situation remainsextremely dire.
Now, things looked very dire in the summer of 2012, too, and Mario Draghi pulled Europe back from the brink. And maybe, just maybe, he can do it again. But the task looks much harder.
In 2012, the problem was very high borrowing costs in the periphery — which we now know were driven more by liquidity issues than solvency concerns. That is, the markets basically feared that Spain or Italy might default in the near term because they would literally run out of money — and market fears threatened to turn into a self-fulfilling prophecy. And all it took to defuse that crisis was three words: “Whatever it takes”. Once the prospect of a cash shortage was taken off the table, the panic quickly subsided, and at this point both Spain and Italy have historically low borrowing costs.
What’s happening now, however, is very different. It’s a slower-motion crisis, involving the euro area as a whole, which is sliding into a deflationary trap with the ECB already essentially at the zero lower bound. Draghi can try to get traction through quantitative easing, but it’s by no means clear that this could do the trick even under the best of circumstances — and in reality he faces severe political constraints on what he can do.
What strikes me, also, is the extent of intellectual confusion that remains. Germany still seems determined to regard the whole thing as the wages of fiscal irresponsibility, which not only rules out effective fiscal stimulus but hobbles QE, since it’s anathema for them to consider buying government debt.
And it’s remarkable, too, how the logic of the liquidity trap remains elusive even after six years — six years! — at the zero lower bound. Not the worst example, but I read Reza Moghadam today:
Wages and other labour costs are simply too high, even by the standards of rich countries, let alone emerging markets competitors.
Augh! If it’s external competitiveness you’re worried about, depreciating the euro is what you want, not wage cuts. And cutting wages in a liquidity-trap economy almost surely deepens the slump. How can this not be part of what everyone understands by now?
Europe has surprised many people, myself included, with its resilience. And I do think the Draghi-era ECB has become a major source of strength. But I (and others I talk to) are having an ever harder time seeing how this ends — or rather, how it ends non-catastrophically. You may find a story in which Marine Le Pen takes France out of both the euro and the EU implausible; but what’s your scenario?
http://krugman.blogs.nytimes.com